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Afortunadamente, son muchas las personas que critican la falta de diálogo entre las partes implicadas en los conflictos bélicos más graves del mundo. También es cierto, que esto siempre lo hacemos como meros espectadores y desde el sillón de… leer más
Afortunadamente, son muchas las personas que critican la falta de diálogo entre las partes implicadas en los conflictos bélicos más graves del mundo. También es cierto, que esto siempre lo hacemos como meros espectadores y desde el sillón de nuestro hogar. Y pocas, son las personas que al hacer esa crítica miran hacia dentro para plantearse que son ellos y ellas mismas quienes tienen una actitud en cierto modo similar. Me refiero a esas situaciones en nuestras familias, comunidades de vecinos o centros de trabajo, en las que podemos llegar a estar años sin hablarnos con personas cercanas que nos caen mal, o simplemente odiamos. Algo que nos parece razonablemente normal. Añadiría las formas agresivas que demostramos en muchas ocasiones al relacionarnos con nuestros semejantes. Y no podría dejar de mencionar el lenguaje cada vez más violento que utilizamos al dirigirnos a personas conocidas e incluso a las desconocidas. Aptitudes y formas que por desgracia se han normalizado hasta tal punto, que quien no las utiliza se convierte para una parte de la sociedad en una persona blanda, vulnerable e incluso rara. Quizá en el pasado estas actitudes y lenguaje agresivo iban más asociadas al género masculino y a partir de una determinada edad. Aunque hoy por hoy se utilizan de forma igual por ambos sexos y desde una edad temprana. Es decir, no sólo no hemos mejorado en este aspecto sino que vamos a peor. Creo que los valores que impulsa la sociedad occidental moderna, especialmente a través de sus medios de comunicación de masas, ha tenido mucho que ver en esto.
La paz es un término que guarda muchas similitudes con la solidaridad. Principalmente en que para llevarla a cabo debemos empezar por nosotros mismos/as. No es posible pedir a nadie un comportamiento conciliador si se hace desde una actitud agresiva. Menos aún si esa agresividad la practicamos a diario en alguna de sus formas. Y sobre todo, no podemos señalar responsables de los grandes conflictos bélicos del mundo, cuando no somos capaces de solucionar los nuestros, mucho más simples. La paz empieza en casa, y en primera persona. Es la única manera.
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